Es
curioso el destino de ese fervoroso triángulo artístico que formaron, en la
Granada de principios del siglo XX, Manuel de Falla, Federico García Lorca y
Hermenegildo Lanz. Los tres hombres unieron su imaginación para que la
tradición del teatro de marionetas diera el salto definitivo a lo culto y
moderno.
En agosto
de 1923, Lorca le había escrito a un amigo: “Preparamos Falla y yo la segunda
representación de los títeres de Cachiporra, en la que representaremos un
cuento de brujas, con música infernal de Falla y además colaborarán Ernesto
Halffter y Adolfito Salazar”. El poeta no cita a Hermenegildo Lanz. Unos años
después, Lorca escribe a Falla: “Lo de los Autos Sacramentales ha sido un éxito en toda España y un
éxito de nuestro amigo Lanz, que día tras día y modestamente consigue ganar
nuestra admiración”.
“El retablo de maese Pedro” suele atribuirse a Falla y Lorca, incluso alguna vez se habló de
la colaboración de Picasso, pero con el paso del
tiempo la autoría de las figuras y decorados se ha afianzado, aunque el nombre de
Lanz es advertido por muy pocos. Sin embargo, en ellos convergen de
manera atroz las tres formas con las que los vencedores de la Guerra Civil
liquidaron a los vencidos: el exilio (Falla), la muerte (Lorca) y el silencio
(Lanz).
“El País”, 30-5-2013
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